viernes, 15 de abril de 2016

Las sutilezas del lenguaje

Alguna vez te pusiste a pensar si la escritura es igual que la oralidad. ¿Cómo creés que se establecen los puntos de puntación? ¿Hay alguna correspondencia entre la oralidad y la escritura, o realmente no hay ninguna? ¿Se escribe cómo se habla?

Nos estábamos preguntando por la oralidad, pero: ¿qué es la oralidad? Básicamente la oralidad es el lenguaje dicho, expresado mediante la voz. La oralidad tiene que ver con procesos de ondas, cuando hablamos producimos sonidos que se traducen en el lenguaje, el cual tiene un código compartido pero no siempre correspondido. Al hablar, nuestras cuerdas vocales producen un sonido, cuyas inflexiones dependen de cada una de las lenguas. ¿Pensaste alguna vez en ello? Fijate cuando vayas al supermercado chino a comprar algo. Escuchá los sonidos de su lenguaje, establecé las diferencias. Es un ejercicio divertido y clarificador a la vez.

Decíamos que la oralidad no tiene puntuación, al menos no gráfica. Cuando uno habla no se van dibujando los signos en el aire y, sin embargo, nos entendemos. En el lenguaje escrito la existencia de la puntuación es esencial: de otro modo no nos entenderíamos. Pero en la oralidad no existen estos puntos, sin embargo, como he dicho, nos entendemos. ¿Entonces cómo es posible? Si te pusiste a analizar notarás que cuando uno habla imparte silencios, pausas, tonos diferenciados; es decir, uno habla como componiendo música. El hablar es muy similar a desarrollar música. Y, por ende, en la oralidad hablamos de un ritmo. El ritmo es esencial y es propio en cada lengua. No son los mismos los tonos y los ritmos en la lengua castellana que en la lengua japonesa. Cada una expresa sus diferencias. Ese es el primer punto. O sea que podremos decir que existen y no existen las puntuaciones, al menos no similares al lenguaje escrito. Ya que en este último opera el campo visual; la vista. Cuando uno escribe está llenando espacios. Las palabras ocupan un espacio que, en principio, siempre está en blanco. Y al hacerlo se escribe mediante normas, principios.

En fin, y para ir cerrando este extracto. Diremos que la lengua escrita no es lo mismo que el lenguaje oral, pero tiene sus correspondencias. Ahora que sabés de la existencia del ritmo y las puntuaciones, vamos a pactar lo siguiente.
Comenzamos nuestro cuadernillo señalando una diferencia entre la Lengua y la Literatura que metafóricamente expresábamos en los dos hemisferios del cerebro. Lo que quiero que quede bien es claro es, en un principio, debemos ser bien normativos, aprender los usos y reglas del lenguaje para luego tener la habilidad de romperlas. Quien aprende la lengua adquiere poder y la capacidad de romper sus reglas. De esta forma vamos a dejarles un extracto de un escritor portugués famosísimo: José Saramago, quien es muy polémico dado que en sus novelas suele romper las reglas ortográficas que conocemos. Está en contra de la convención, pero no lo manifiesta sólo desde su rebeldía, sino más bien desde una importantísima e interesante teoría:

Por qué sin signos de puntuación – José Saramago



La verdad es que quien se enfrenta con un libro mío, en especial con las novelas, se encuentra en una situación un poco complicada porque yo eliminé toda puntuación. Incluso cuando aparece un punto o una coma, no son señales de puntuación sino son señales de pausa al igual que en la música. Pienso, por lo menos yo lo tengo claro (aunque tampoco quiero que todo el mundo piense igual), pienso que nosotros hablamos como si estuviéramos haciendo música porque la música y la palabra, el hecho de hablar, se hace con sonidos y con pausas. La música más espiritual o la música de peor calidad tiene pausas y sonidos. Cuando yo elimino, prácticamente, toda la puntuación busco que el lector no lea pasivamente sino que construya el texto, gracias a esa voz que debe estar escuchando. Yo propongo al lector un texto incompleto. Aunque todas las palabras que yo quiero se encuentran allí, el texto está incompleto porque le falta esa convención que son los signos de puntuación. El lector cuando lee, debe saber qué está leyendo para recibir todo lo que hay en el texto. Aunque, a primera vista parezca oculto, está allí, si él puede escuchar la voz que habla dentro de su cabeza. El escritor igual que el pintor o el músico, va borrando los rastros que dejó; razón por la que el lector tendrá que abrir una ruta, una huella que jamás coincidirá con la del escritor. Serán otras dudas, otras pausas, otras hipótesis. 

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